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domingo, 11 de julio de 2010

Cuento "El horroroso perro gris"

Gonzalo Iríbar chupó el pico de la botella y su lengua paladeó la última copa de aquel whisky que hedía a alcohol de quemar. Luego, con un bufido arrojó la botella contra la pared y el envase estalló en mil pedazos.


Eructó sonoramente y se tendió en la cama con ojos vidriosos y el cuerpo bañado en transpiración. Su cerebro era una gelatina que se agitaba dentro de las paredes de su cráneo.

La habitación daba vueltas. Aquella noche había bebido hasta no poder más. La cama donde estaba parecía el resto de un naufragio a merced de las olas, por lo que se movía.

En realidad la cama no se movía pero la realidad era lo menos real para la mente del hombretón barbado, de ropas raídas y hedor nauseabundo -¿cuándo había sido la última vez que se había bañado?- que yacía en esa cama a merced del oleaje del licor y la irrealidad.

Primero aparecieron las cucarachas, no reales -que sí las había y por doquier- dentro del viejo departamento de la calle Pozos, sino las de sus pesadillas.

Gonzalo iniciaba otro de sus viajes a través del "delirium tremens"...

Las cucarachas eran enormes, peludas, destilaban una baba blanquecina y tenían largas y finas antenas que parecían orientarse hacia él. Descendían de las paredes, surgiendo de un agujero en el techo que acaba de abrirse desde otra dimensión.

Desde la dimensión de la locura. Desde el mar de la sinrazón, plagado de tinieblas y cosas innombrables...

-No... no... -gimió Gonzalo y se acurrucó en la cama. Los ojos desorbitados, las manos como garras, temblando epilépticamente.

Las enormes cucarachas frotaban sus antenas y parecían decirse cosas entre ellas. Relucían de puro negras. Y lo estaban rodeando...

-¡Sacámelas de encima, Amanda! ¡Sacálas de ahí...! -gemía Gonzalo.

Pero las cucarachas lo rodeaban y Gonzalo buscaba hacerse un ovillo en el rincón de la cama, aferrado a la colcha mugrienta. Gimiendo como un animal perseguido...

-Sacáme esas porquerías de ahí, Amanda... -gemía.

Pero las cucarachas no se iban, pululaban por las paredes, iban y venían moviéndose vertiginosamente, infestando el techo, el piso, todo. Legiones de pesadillas zigzagueantes, tumores surgidos de los abismos, pústulas que reventaban entre estallidos sanguinolentos.

-¡Por favor, Amandaaaaa! -gritó Gonzalo.

Gritaba y cerraba los ojos, percibiendo el rumor de millones de patas que iban y venían. Gritaba para no oír ese asqueroso sonido.

Y cuando abrió los ojos, las cucarachas no estaban.

Ni siquiera estaba aquel agujero en el techo.

Gonzalo Iríbar jadeaba como alguien al límite de sus fuerzas.

-Amanda... -gemía.





Amanda había vuelto a apiadarse de él.

Pobre Amanda, dulce Amanda, hermosa Amanda...

Frágil criatura de carne y hueso, ahora diluida en la nada.

Pobre ángel.

Pero el ángel no perdonaba. El ángel le enviaba esas visones horribles para torturarlo al máximo. Y sólo cuando Gonzalo gritaba, aullaba de puro terror, las visiones se marchaban.

¿Hasta cuándo duraría esto? ¿Hasta cuándo lo soportaría?

La mirada vidriosa del hombretón sucio y desharrapado se paseó por el cuarto. Había un enjambre silencioso de botellas vacías diseminadas por todas partes.

Y todo el licor que había contenido una vez estaba dentro de Gonzalo.

-Tengo sed -murmuró sin preocuparse si alguien lo escuchaba o no.

Los vecinos solían escuchar sus gritos, sus alaridos y más de una vez habían venido a golpearle la puerta para que se callara.

Se levantó, tambaleando, como si fuera un bebé dando sus primeros pasos inseguros. Un espejo partido al medio le mostró despiadadamente la ruina en que estaba convertido desde hacía ocho meses...

Desde que Amanda se había marchado para siempre...

En su andar simiesco, vacilante, Gonzalo tropezó con una botella. Y la botella estaba intacta, sellada y pletórica de líquido.

Gonzalo la descorchó con desesperación y bebió.

Bebió como una esponja, envenenando aún más sus tripas y su cerebro.

Ya no podía mantenerse en pie, embistió la cama y cayó de bruces, la botella escapó de sus manos y su precioso contenido regó la cama.

Un cerdo revolcándose en su chiquero personal, eso era.

Rió, cantó, gimió, ladró, hizo gorgoritos. Sus flatulencias agitaron la colcha con un viento impregnado en podredumbre.

Con esfuerzo, sin tener, ninguna clase de control sobre sus movimientos, apenas quizás un leve reflejo de ellos, se volcó y quedó de cara al techo.

Los ojos vidriosos y muy abiertos. Los dientes amarillos de sarro mostrándose en la boca abierta...

Y entonces por primera vez en sus delirios, Gonzalo Iríbar vio al horroroso perro gris...





-Por favor... por favor...

La voz de Amanda estaba impregnada de miedo. Esa voz que salía de su perfecta boca, esa boca que Gonzalo había pensado mil veces con pasión.

Su hermoso pecho bajaba y subía con frenética rapidez. Y el miedo estaba en sus grandes ojos negros.

Apenas podía moverse, atada de pies y manos como estaba.

-Puta -escupió Gonzalo.

-Mi amor... no sabés lo que decís... - sollozaba ella.

-Te encamás con Rolando Pesci a mis espaldas, ¿no? Vos, mi mujer. Yo hubiera puesto las manos en el fuego por vos...

-Dejáme explicarte, Gonzalo... ¡estás loco...! No sabés lo que decís... -ella hablaba entrecortadamente con la voz mutilada por los sollozos.

Gonzalo sabía que podía gritar hasta cansarse y nadie la iba a oír en la soledad invernal de la quinta de Florencio Varela.

Todavía la amaba, todavía la deseaba y se maldecía por ello. Le había arrancado las ropas a tirones y la hermosa piel de alabastro aparecía bajo los pedazos de tela.

¡Cómo la amaba! ¡Cómo la odiaba! La había inmortalizado en sus telas. Tan perfecta en su desnudez. Sonriendo, provocativa, prometiéndole mil placeres que después se hacían realidad en la quietud nocturna de la alcoba.

Su esposa, su amante, su hembra. Su todo.

"Te mataré si un día me engañas", le había prometido Gonzalo.

Y ahora iba a cumplirlo.

Encendió el soplete y la llamarada azul brotó voraz del pico del aparato. Ella dio un chillido y se revolvió inútilmente, tratando de liberarse de sus ataduras. Y no lo logró.

-Por favor... Gonzalo... por favor, mi amor... -gimió mientras el calor de la llama se le acercaba su rostro.

-Moríte, puta de mierda... -silabeó él, loco de furia, de odio, de celos.

Ella gritó cuando la llama tocó su rostro. Fue un largo grito que retumbó en la casa solitaria.

Y siguió gritando mientras el fuego derretía su piel de alabastro como si fuera cera que se fundía...





Era un abominable perro gris de ojos rojizos...

Una repulsiva criatura, sucia, enorme, cubierta de pústulas, un can leproso, salpicado de tumores que parecían ondular sobre su ajada piel.

El horrible perro gris mostró sus colmillos. Su cabezota era deforme, como si fuera cruza de perro con otra cosa, una cosa que no era animal, ni humana, ni mineral ni nada que la mente humana pudiera imaginar.

Ni en el infierno podían desear tener un perro así.

Gonzalo se apretujó otra vez en el rincón de la cama, temblando como una hoja.

-Amanda... sacáme de aquí... Amanda... llevátelo... por favor...

Era el ruego que siempre acudía a sus labios.

Y siempre funcionaba. El ángel se apiadaba de sus terrores y se llevaba a esas bestias que aparecían.

Se llevaba a las cucarachas, a las serpientes, a las babosas cornudas que se arrastraban por las paredes de su departamento.

-Amanda... por favor...

Pero el horroroso perro gris no se movía.

Tenía las fauces abiertas y una larga, longilínea lengua roja, chorreante de baba colgada, ondulando suavemente.

Y los ojos rojizos de aquella bestia no se apartaban de él.

-Amanda... mi amor... ¿Cuándo me vas a perdonar...?

Gonzalo Iríbar era una bolita acurrucada contra el vértice de la cama, temblando convulsivamente, con los dedos febriles aferrados a la colcha mugrosa.

Y el enorme, horroroso perro gris no se movía de allí.

El enorme, horroroso perro gris estaba tensando los músculos para saltar sobre él y desgarrarle la garganta. Y luego engulliría su carne, destrozaría sus huesos, les quitaría hasta el tuétano que había dentro de ellos.

-Amanda... por favor... -lloraba Gonzalo.

Quizás esta vez el ángel no iba a perdonar.

Quizás ésta era la pesadilla final...





-¿No me oís, Gonzalo?

Hacía tres días que Gonzalo había comenzado a beber. Desde la misma noche en que Amanda se había ido para siempre.

Despegó los labios del vaso y miró a Rolando Pesci, su "marchand". Pesci era un individuo distinguido de finos bigotes siempre impecable y perfumado.

En cambio Gonzalo lucía desgreñado, macilento y las botellas comenzaban a apilarse en la intimidad de su "atelier".

-¿Qué decís...? -A duras penas Gonzalo podía reprimir el odio que sentía por el otro. Le bastaba pensar que se había revolcado con Amanda en la misma cama, que había besado, que la había disfrutado...

-"Tal vez no quedaría tan bonito después de una pasada de soplete", pensó.

-Amanda es un ángel... ¿sabés lo que hizo por Julia y por mí?

¿Qué carajo le importaban Gonzalo Rolando Pesci y su esposa Julia?

-Vos sabés... -Aquí Rolando se sirvió un trago de la misma botella que Gonzalo estaba vaciando a conciencia.

-No. No sé -Era cierto. No sabía lo que el otro iba a decirle ni le importaba. Estaba jugando con la idea de clavarle un cuchillo por la espalda ni bien se diera vuelta-.

-Julia me pescó en una "aventurita"...

-Oh... -Gonzalo volvió a paladear el áspero sabor del whisky.

-Quería separarse de mí... Estaba loca, pobre... Vos sabés cómo somos los hombres. Amamos generalmente a nuestras esposas, pero no podemos decir que no cuando alguna que valga la pena se ofrece y...

-¿Y? -preguntó Gonzalo, apartando el vaso de sus labios.

-Ahí entra Amanda, tu mujer. ¿Sabés que le habló a Julia? Y no una, sino varias veces. Iba y venía entre nosotros. Como un correo sin estampilla.

Gonzalo comenzó a quedarse sin aire.

-¿Cómo...? -preguntó.

-Esa noche que vos nos encontraste en aquel restaurante... ¿Te acordás? Me imagino lo que habrás pensado, conociendo lo celoso que sos... - Rolando Pesci bebía y sonreía.

-¿Que vos y Amanda...?

-Eso. Que yo te engañaba con Amanda. Y la pobre, tratando de unirnos, cosa que finalmente consiguió. Julia me perdonó la vida. Y aquí estoy... Vine a invitarte a una cena en casa. Los cuatro, claro. Amanda, vos, Julia y yo...

-Es que... - Un torbellino de ideas giraba en la cabeza de Gonzalo.

-¿Qué pasa, che?

-Amanda se fue hace tres días a Salta, a visitar a sus padres...

-Ah, qué macana...

-Y... ¿cuándo va a volver? Por la reunión, digo. Julia y yo vamos a estar muy felices de volver a verla...

-¿Volver...?

-Sí. Eso dije. Volver... ¿Cuándo va a volver? -El otro sonreía.

Gonzalo pensó en ese pozo que había cavado hacía tres noches en los fondos de su quinta de Florencio Varela. Y en ese cuerpo ennegrecido que había dejado allí, tapado bajo muchas paladas de tierra.

-Pronto... En una semana -dijo.





Claro que Amanda nunca volvió.

Él mismo denunció el hecho a la policía. La policía buscó y buscó, hurgó por todos lados como es habitual, pero no encontró nada.

Suele pasar. Hay tantos crímenes que jamás se descubren. Porque están muy bien planificados, o porque la suerte simplemente se pone de parte de los criminales.

Suele pasar. Esto último pasó en el caso de Gonzalo Iríbar.

Quien siguió bebiendo cada vez más. Más y más. Litros y litros de whisky, galones y barriles de whisky. Un océano de whisky donde su mente comenzó a navegar sin timón mientras su cuerpo se deshacía ante los embates del licor.

Hasta llegar al "delirium tremens". La etapa final donde arrojan para siempre el ancla, los desesperados.





El horroroso perro gris gruñó.

Era una criatura pavorosa, escupida quien sabe de qué hediondo infierno, un ser vomitado por el caos primigenio, un horror metafísico, el horror que late en la base de todas las cosas vivientes y las cosas que están del otro lado de la vida y que pugnan por pasar a nuestro plano cotidiano.

-¡No! ¡Amanda! ¡No! ¡Llevátelo! -gritaba.

Y sus gritos explotaban cada vez más fuertes, despertando a los vecinos a esa hora (las tres de la mañana).

-¡Nooooooooo! -gritaba.

Y entonces el horroroso perro gris saltó sobre él.

Un instante antes de que la bestia estuviera encima suyo, Gonzalo percibió su fétido aliento. Un aliento que era más inmundo que mil tumbas abiertas al mismo tiempo...





El comisario Ibáñez se rascó la barbilla. Los de la ambulancia estaban sacando en una camilla, piadosamente cubierta por un lienzo blanco, aquel cuerpo mutilado salvajemente.

Los vecinos que habían llamado, decían que escucharon gritos y otros sonidos que no podían especificar, todos mezclados con el ruido de vidrios rotos, muebles que volaban y mil estrépitos más.

El sargento Posse se le acercó al lado y le convidó un cigarrillo. Ibáñez aceptó.

-¿Qué cosa hizo esto, comisario? -preguntó.

Estaba lloviznando malamente y los reflejos de las luces de neón rebotaban sobre los charcos como lúgubres luces nocturnas antes del alba.

-Un animal... ¿acaso no vio las dentelladas en el cuello?

-Sí, las vi... pero, ¿qué clase de animal?

-Un lobo. Un perro...

-No hay lobos en Buenos Aires, señor... Quizás un perro... pero debió ser un perrazo enorme, digo yo...

Una mano ensangrentada pendía de la camilla que en esos momentos pasaba frente a los dos policías.

Y de pronto la mano se desprendió y cayó a la calle.

Los de la camilla no se dieron cuenta y siguieron hasta la ambulancia. Allí introdujeron el cadáver.

Ibáñez y Posse dieron unos pasos y llegaron hasta la mano crispada, agarrotada que ya recibía algunas gotas de llovizna.

Posse sacó una linterna del bolsillo e iluminó el macabro hallazgo.

-Tiene algo entre los dedos... -murmuró.

Abrió la mano y sacó lo que había en ella.

Era un mechón de pelos grises.

-Creo que debió ser un perro, señor... un perro salvaje... Un enorme y salvaje perro gris... -dijo.

Ibáñez asintió. Y sin saber por qué tuvo un escalofrío. Quizás estaba por pescarse una gripe o un resfrío. Nunca se sabe en invierno.

-Se olvidan de algo -indicó a los de la ambulancia y señaló la mano que yacía en la calle.

Los de la ambulancia se llevaron la mano y los vecinos comenzaron a entrar a sus casas, bullendo en mil comentarios.

Los policías se quedaron junto al patrullero mientras la ambulancia se perdía a lo lejos, en la negrura de la mañana neblinosa.

Y como en el caso de Amanda, la policía buscó y buscó al enorme y horroroso perro gris.

Y también, como en el caso de Amanda; nunca lo encontró...







FIN

(c) Armando S. Fernández
 
ESTE CUENTOI NTEGRÓ LA EDICIÓN "POETAS Y NARRADORES CONTEMPORÁNEOS 2005 - ANTOLOGÍA II" DE LA EDITORIAL DE LOS CUATRO VIENTOS

viernes, 25 de junio de 2010

Cuento policial "El Aliento del Diablo" del libro Secuestro Express, Editorial De los Cuatro Vientos




Vilma estaba en la cama, descansando como una gata perezosa. De tanto en tanto se acariciaba los pechos y le sonreía. Después, dejaba que su mano bajara hasta su pubis y con la uña del índice se rozaba los labios de la vulva.


¡Qué mina ésta!. Hacía un rato había tenido de todo y por todos lados y ahora quería más.

-Vení... -Vilma sacó su lengua rosada y se la pasó por los labios. Más que nunca parecía una gata.

-Siempre lo dije. Tenés la "fiebre", ¿no?

Vilma seguía mostrándole la lengua y acariciándose el clítoris. En sus ojos brillaba el deseo. El más primario y bajo de todos los deseos. Vilma no tenía ninguna clase de control cuando estaba en la cama con un tipo. Solía exprimirlo hasta la última gota. Era una puta de alma. No una prostituta, una puta con todas las letras, y estaba orgullosa de serlo.

-Vení... -repitió suavemente.

-No -dijo Medardo Sosa-. Me tengo que ir... -agregó mientras se abotonaba la camisa. Por el rabillo del ojo vio una expresión de fastidio de ella. Tenía las cejas enarcadas pero no cesaba de masajearse el clítoris con su índice.

El hombre se puso el saco. Luego recogió el arma de la mesita de luz.

-Chau. Vuelvo mañana... -dijo.

Entonces ella metió la mano entre sus piernas y lo aferró de los testículos. Sosa dio un involuntario gemido.

-Todavía no, papito... -dijo ella, mientras le desabrochaba la bragueta y con su diestra exploraba hasta encontrarle el fláccido pene y sacárselo afuera.

-Pará, loca... -gruñó él.

Pero ya era tarde, los carnosos y húmedos labios de Vilma comenzaban a succionar ávidamente su miembro viril. Era una caricia tan suave, tan experta... La sensación de terciopelo arrullando su glande era tal que Sosa se abandonó. Entrecerró los ojos mientras una oleada de éxtasis crecía dentro suyo. Vilma era como una animal agazapado, bebiéndolo.

Medardo sintió la tibieza de su semen invadiendo la boca de ella, llenando las galerías de su garganta. Ella se desesperaba y bebía aquella humedad con deleite.

Cuando retiró su boca, Sosa sintió que sus piernas le flaqueaban. Y Sosa no era ningún debilucho. Tenía noventa y cinco kilos bien distribuidos en su cuerpo fibroso y elástico.

-Puta de mierda... -silabeó empujando su frente. La cabeza de ella cayó sobre la almohada. Sonreía. Sosa supo que estaba tragándose su líquido. Degustándolo como quién saborea el mejor de los manjares.

Fue al baño y se higienizó. Se cerró la bragueta y calzó la pistola en el cinto.

-Volvé pronto, papito... -dijo ella mientras se relamía.

-No tan pronto... si te dejo, vas a terminar haciéndome de goma... -tartajeó y salió del departamento.

Cuando llegó a la calle, un viento silbón gemía en el atardecer.





El Cholo estaba trabajando con el soplete cuando Medardo Sosa entró al taller. Las llamas viboreaban en la máscara protectora que el otro tenía puesta en el rostro. El Cholo estaba tan abstraído en la soldadura que no lo oyó llegar. Cuando Sosa le tocó el hombro dio un respingo.

-¿Qué hacés? -El Cholo cerró el soplete y se quitó la máscara. Sonreía. Al Cholo le faltaba un diente y ese cuadrado oscuro era como una ventanita a lo desconocido. El Cholo era larguirucho y menudo. Tenía algo de araña. Lo más característico de su cara eran sus ojos. Dos globos saltones a lo Peter Lorre.

-Me vine a despedir -dijo Sosa mientras sacaba del bolsillo de su saco un cilindro negro y brillante.

-¿A dónde te vas? -el Cholo lo miró extrañado.

-Yo no me voy. Vos sos el que te vas... -mientras hablaba, rapidísimo, Sosa había extraído la automática, calzándole el silenciador.

¡Pof! El taponazo fue como un pedo seco. Uno de esos pedos que no hacen historia. Pero este pedo no tenía hedor a material fecal y sí bullía de hedor a pólvora. El Cholo lucía ahora un tercer ojo en la frente. Y sus dos ojos naturales miraban aún más desorbitados que nunca.

Se derrumbó como un muñeco de humo. Una de sus manos alcanzó a manotear a Sosa y se deslizó apretujada como una garra por el pantalón de su verdugo.

-Porquería... -dijo Sosa y lo escupió. El Cholo había quedado de bruces y su cabeza comenzaba a convertirse en un lago de sangre.

Sosa apuntó a la nuca y disparó por segunda vez. La cabeza del Cholo se sacudió como si un último espasmo de vida lo electrizara.

-Porquería -repitió Sosa mientras desenrollaba el silenciador y guardaba la "pesada" en su cintura.

Se fue silbando bajito. Salió del taller mecánico por la boca abierta de la persiana y se perdió en la noche.





La calva de Ballesteros siempre había brillado. Era como si se la frotara con aceite o crema de manos. Ballesteros era gordo, de ojillos de rata y labios sensuales. Vestía siempre ropa cara. "No hay nada más deplorable que un delincuente mal vestido", solía decir. Y el gordo era eso, un delincuente. Un especialista en "salideras" de bancos. Claro que la plata no le duraba. Le gustaba visitar Palermo y el Central en Mar del Plata (en temporada y fuera de ella). Y de hembras, ni hablar. El gordo había cabalgado sobre las mejores putas de Buenos Aires. Muchas de ellas, de las que figuraban en los catálogos de los hoteles de primera línea de la Reina del Plata.

Estaba plantado en una parada brava en aquella mesa de póker. El humo de los cigarrillos emponzoñaba el ambiente y dos de los jugadores se habían ido al mazo. Pero quedaba uno que le estaba haciendo fuerza y el gordo comenzaba a sudar la gota ídem.

En eso estaba cuando Medardo Sosa llegó al departamento donde se jugaba. Sosa era conocido del dueño de casa, el pecoso Britos. Al verlo por la mirilla y reconocerlo, lo había dejado entrar inmediatamente.

-Sí, el gordo está en la otra habitación... -dijo Britos ante su pregunta.

-¿Puedo pasar? No digas nada. Es una sorpresa... -murmuró Sosa.

-Seguro. Yo te voy a buscar un trago... Es siempre bueno volver a ver a un amigo como vos. Muy duros estos cinco años en Devoto, ¿no?

-Muy duros... -asintió Sosa.

Entró. El gordo le estaba dando la espalda. Sosa volvió a calzar el silenciador en la pistola.

El gordo transpiraba. Acababa de poner sus cartas en la mesa. Full de ases.

-Ganaste -dijo el otro, con algo de bronca.

El gordo sonrió. Fue su último triunfo en esta vida.

El proyectil le abrió la nuca de cuajo y la deflagración le quemó el poco cuero cabelludo que tenía. Su cabeza cayó y dio de bruces sobre la mesa. Quedó oliendo el dinero y las cartas que habían estado orejeando un ratito antes.

Los otros tres tipos miraron despavoridos a Sosa.

-Era una porquería -dijo Sosa a modo de explicación. Desenrolló el silenciador y guardó éste y la pistola.

Y se fue. Ahora el hedor de pólvora mezclado al humo de los cigarrillos hacían más irrespirable aquella mesa de juego.





Alessandri era una ruina. Daba pena verlo, ojeroso, de labios morados. Pero el pucho no se le caía de esos labios. Fumaba dos paquetes por día y a veces más. Era fanático el hombre. Y de los entusiastas. Estaba sentado en un rincón oscuro del bar frente a una botella de ginebra. La ginebra era otra contribución más a su exterminio y eso Alessandri lo tenía claro. Pero la corriente se lo llevaba y él no pensaba hacer muchos esfuerzos para revertir la situación. Estaba entregado, demolido. Y había sido el mejor ladrón de cajas fuertes hacía una década. "Dedos de seda", le decían los de la "yuta".

Y ahora, le temblaba la mano al servirse otro poco más de ginebra.

Hubo un vientecillo cuando la puerta mugrosa del bar se abrió. Se coló una sombra. Alessandri se estaba raspando la garganta con la ginebra cuando la sombra se detuvo ante él.

Alessandri apuró los últimos sorbos y miró hacía arriba. Medardo Sosa le sonreía desde lo alto. Una sonrisa cansada, desteñida.

-Medardo... -murmuró el viejo ladrón.

-¿Me puedo sentar? -preguntó el recién llegado.

-Claro. ¿Qué querés tomar?

-Nada. Sólo me voy a quedar un minuto...

-Qué alegría me da verte...

Sosa sonreía.

-Estoy hecho una piltrafa, ¿no? Y bueno... -Alessandri se encogió de hombros. Se estaba llevando otra vez el vaso a la boca cuando el primer disparo lo alcanzó en el estómago.

Hubo un segundo tiro, por debajo de la mesa. Sosa había preparado su maquinita mortal con rapidez y sin dejar de sonreír.

Nadie oyó los taponazos confundidos con el rumor de los escapes de los automóviles que llegaban de la calle.

-¿Por... qué...? -El viejo ladrón balbuceó la pregunta con esfuerzo. Seguro que había imaginado una muerte más lenta, con los pulmones comidos por el cáncer o la cirrosis fagocitándole el hígado. No así. Bueno, al menos era mucho más rápido y piadoso.

-¿No lo sabés...? -preguntó Sosa.

El otro boqueó, hizo un esfuerza enorme, postrero para hablar, pero no pudo. También él dio con su cara de bruces y ahí quedó inmóvil, con esa inmovilidad que sólo pueden tener los muertos.

Sosa se levantó y se fue. Cuando salía oyó que el mozo se ponía a gritar desaforadamente. Se metió en un taxi que pasaba y se hizo perdiz...





Vilma, que estaba montada sobre él, cesó de cabalgarlo y se quedó tiesa.

-¿Que hiciste qué? -dijo sin poder creer lo que había oído.

-Los maté a los tres. Al Cholo, a Ballesteros y a Alessandri. Los tres hijos de puta están muertos. Ya deben estar largando olor, supongo...

-¿Estás loco? ¿Por qué...? ¿Qué te hicieron?

-¿Y justamente vos me lo preguntás? -Vilma quiso desmontarse, pero él la aferró del brazo y no la dejó. Vilma respiraba entrecortadamente y sus magníficas tetas subían y bajaban. Su sexo estaba húmedo y Medardo Sosa sentía esa humedad mojando su pene.

-No sé... de qué hablás... -dijo ella, muy por lo bajo.

-De mis cinco años en cana, Vilma. De que uno de ellos me vendió, no sé cuál, pero no importa. Uno me vendió. Y éramos amigos. Yo pude haberlos delatado también. Pero no lo hice y pagué el pato por aquel robo a la joyería, ¿te acordás?

Ella asintió. Estaba lívida.

-No dejés que se me caiga el aparato, nena... -demandó él. Ella volvió a moverse, acompasada, expertamente. Sus pechos iban y venían.

-Te estás preguntando por qué maté a los tres si uno me vendió, ¿no es cierto?

Ella asintió, mordiéndose los labios, sin dejar de hamacarse.

-Porque los tres te montaron, Vilma; mientras yo me tenía que cuidar el culo allá en Devoto. Los tres te gozaron a vos, mi esposa. Y decían ser mis amigos. Yo nunca le haría una cosa así a un amigo. Habiendo tantas hembras por ahí, ¿cómo le haría eso a un amigo? Eso es reírse, desvalorizar a ese amigo, es pisarlo... Seguí, Vilma. No te vayas a parar ahora...

-Medardo... perdonáme. ¿Me vas a perdonar...? Cinco años es mucho... ¿Cómo querés que me aguantara? -Vilma estaba a un paso del llanto.

-Para vos también corre la regla... habiendo tantos machos por ahí... ¿tenías que encamarte con mis amigos...? Vos también te reíste de mí, me desvalorizaste... ¿Acaso creías que no me iba a enterar porque estaba preso?

Vilma estaba lagrimeando pero no se atrevía a dejar de hamacarse.

-¿Qué... qué me vas a hacer?

-Vos lo sabés, Vilma. Pero lo voy a hacer después que acabe"...

-Te amo, Medardo. Te adoro... -sollozó ella y seguía empujando con desesperación.

Entonces Medardo acabó y ella sintió la descarga de su sexo. Vilma tuvo un espasmo de terror y se apartó del hombre.

En ese momento hubo golpes en la puerta. Y una voz perentoria se dejó oír.

-¡Policía! ¡Abran! -gritaba alguien del otro lado de la puerta.

-¡Socorro! -La voz de Vilma fue un miserable aullido. Desnuda, magnífica, corrió hacia la puerta.

La mano de Medardo voló rumbo la mesita de luz donde estaba la automática. Esta vez no tenía calzado el silenciador. Ni falta hacía.

Los dos primeros balazos explotaron dentro de la habitación. Penetraron en la espalda de la mujer y la tumbaron de un soplido.

Más gritos del otro lado de la puerta. Medardo sabía que iban a venir. Pero quizás pensó que no vendrían tan rápido. La cosa es que aquí estaban.

Un patadón abrió la puerta. Un "itakazo" reventó como un trueno.

Medardo sintió que una fuerza devastadora lo arrojaba contra el espejo. Pero no soltó la pistola. Volvió a disparar dos veces más y un cuerpo uniformado se dislocó ante él.

El aliento del diablo le respiró en la cara. Supo que la boca del infierno se abría para él. Se levantó, trastabillando. Su brazo izquierdo casi no existía, era un colgajo miserable, sangriento y ennegrecido.

Todavía disparó una vez más. Nunca supo si había acertado. Una lluvia de proyectiles lo arrasó y ya estaba muerto cuando su nuca dio, secamente, contra el piso.

Se hizo un silencio espeso. El humo de la pólvora impregnaba la habitación.

Uno de los policías, el que comandaba el grupo observó en silencio el cuerpo de su subalterno y los otros dos cadáveres desnudos que yacían inmóviles. Se detuvo pensativo un instante en la visión de la destruida belleza de la hembra que yacía a sus pies.

-Maldito perro rabioso... -murmuró con furia.





FIN
 
 
(c) Armando S. Fernández