jueves, 10 de julio de 2008

Cuento fantástico: La multitud (del libro inédito El País de las Pesadillas)

Nadie. Sin duda en esa palabra podía resumirse todo. Tadeo Villar se arrebujó en su chaqueta de abrigo y metió las manos en los bolsillos. Echó a caminar despacio hacia Avenida de Mayo. El viento invernal hacía girar en remolinos papeles viejos, diarios, fragmentos de afiches pegados en la vía pública. Junto a los cordones de las veredas la inmóvil procesión de automóviles detenidos hacía pensar inevitablemente en un gigantesco osario de fierros viejos. Y eso era. Un osario.Los semáforos semejaban estólidos vigías ciegos desprovistos de su tríada de luces. Cualquiera que quisiera podía cruzar impunemente las calles con su vehículo, pero no había nadie en condiciones de hacerlo.

Nadie excepto Tadeo Villar. Nadie en toda Buenos Aires, nadie quizás en todo el resto del mundo.Se habían ido, se habían disuelto simplemente cuando las lluvias, mejor dicho, los diluvios de bacterias venidos de las profundidades del espacio cayeron desde los cielos. Y esas bacterias se devoraron carne, piel y huesos dejando sólo cenizas y polvo. Se comieron todo incluyendo perros, gatos, aves, peces, plantas. Sólo Tadeo quedaba y era también un misterio por qué la legión de bacterias no se lo había fagocitado, tal vez por la ley de probabilidades que decía que algo o alguien de billones debía salvarse. Y ése había sido él. Pudo haber sido otro, pero el caso es que el sobreviviente era Tadeo.

Tenía cualquier negocio para entrar y tomar lo que quisiera y algo de eso había hecho...al principio. Ahora, después de recorrer de cabo a rabo la ciudad, después de llamar por teléfono a todo el mundo y de que nadie del mundo le respondiera por el simple hecho que todas las líneas estaban muertas, Tadeo había llegado a la alucinante conclusión de que sólo él había quedado para contarlo.¿Contarle a quién? No había quedado nadie para escuchar la historia del último hombre viviente sobre la tierra.

En algún momento Tadeo había considerado la lógica posibilidad de volarse la cabeza. Armerías abiertas a su disposición no le faltaban. Podía elegir “a piacere” marcas y calibres. No es divertido tener el mundo para uno solo, después de todo. Las cosas poseen valor cuando se comparten. Quedarse solo en medio del desierto de Gobi tiene poca gracia y cuando se dice SOLO es porque ni siquiera los buitres venían a hacerle compañía. Pero Tadeo abrigaba la esperanza de que tarde o temprano encontraría a otros seres humanos.

Se detuvo ante la entrada del café Tortoni. Quedó mirando los afiches de la academia del lunfardo que allí tiene su reducto tanguero. Se le hizo un nudo en la garganta. Allí solían venir desde el barrio de San Telmo con Mabel, su esposa a tomar unos “cortados” y escuchar buena música porteña. Mabel bailaba el tango como la mejor y Tadeo trataba de no quedarse atrás en eso.El tango es el baile más sensual que existe, razonó. Ahí la pareja se desplaza bien apretada; el varón oliendo el perfume de la piel fragante de su compañera y ella percibiendo la virilidad del tipo que la lleva en sus brazos entre cortes y quebradas. Así la había conocido, en una academia de tango. Así la había enamorado y ahora ella estaba muerta como el resto de la humanidad.Tadeo se sentía como el cuidador de un cementerio. El cementerio más grande que existía. Un cementerio que abarcaba todo el planeta.

Con un nudo en la garganta entró al local y se situó en una mesa junto a la ventana. Cerró los ojos. Sólo el viento silbón se atrevía a interrumpir el silencio sepulcral que invadía la avenida. ¡Cuánto tráfico había corrido por aquí, cuántas marchas y contramarchas plagadas de pancartas, estrépitos de bombos y petardos exigiendo mejoras salariales y renuncia de jueces y políticos ladrones y coimeros!Y ahora sólo se oía el viento...

-Tadeo...Tadeo... ¿Qué te pasa?

La voz de Mabel y el sacudón que le propinó le hizo abrir los ojos. Parpadeó, desconcertado. Mabel estaba sentada frente a él, mirándolo con expresión extrañada. Tadeo tuvo un escalofrío. Volvió a cerrar los ojos.

-Tadeo... por Dios ¿qué te ocurre? ¿Te sentís mal?

Parpadeó. Otra vez volvió a abrir los ojos. Mabel seguía estando allí, con sus enormes ojos negros y su cabello corto mirándolo con preocupación. Tadeo paseó la mirada en derredor. El café estaba poblado de clientes. Los mozos iban y venían diligentemente. Miró por la vidriera hacia la calle. Había un hervidero de gente. Pasaban transeúntes apurados, algún que otro policía. Automóviles, colectivos (ese invento argentino, según se dice) atronaban el aire. En suma, una multitud.Tadeo abrió grande la boca. Apareció un mozo que retiró las tazas de la merienda que acababan de compartir.

-Mabel.... ¿Sos vos?- preguntó con un hilo de voz. Ella lo miró con total extrañeza. Tadeo estiró la mano y tomó la de su mujer. Cálida, viva y suave.
-Claro que soy yo. ¿Esperabas ver a otra, acaso?
-N-no... Es que yo... No sé cómo decirte...
-¿Decirme qué? Estábamos hablando y de pronto cerraste los ojos y te quedaste como dormido. Ahora veo que esas horas extras te están matando, querido.
-Perdoname un momento...- replicó Tadeo y se puso de pie. Ella se lo quedó mirando como si su marido se dispusiera a marcharse para nunca más volver. Tadeo transpuso la entrada y se encontró pisando la vereda. Miró la boca del subte de la estación Piedras. La escalera mecánica vomitaba gente y más gente. Riadas, tropeles de gente apretujada... El aire estaba impregnado de bocinazos y gritos. Un lustrabotas se afanaba sobre el zapato de un cliente que descansaba en el apoyapie de su cajón de lustrar.Tadeo se puso a sonreír. La sonrisa se transformó en risa y la risa casi en carcajada. Algunos de los que pasaban lo miraron con cara rara. No le importó. Tadeo respiró el aire contaminado de gases con alegría. Después volvió a entrar al Tortoni y se sentó nuevamente ante Mabel.

-¿Se puede saber qué te pasa? Me estás asustando, Tadeo...- murmuró ella por lo bajo.Es que algunos de los clientes también habían comenzado a mirar raro a Tadeo.
-Está bien...está bien... te lo voy a explicar pero no te alarmes...-Por Dios... ahora sí que me estás asustando en serio. ¿Te sentís enfermo? ¿Querés que tomemos un taxi y vamos a un hospital?
-No, no me siento enfermo... me siento mejor que nunca... Contento de estar vivo, de que vos esté aquí y de que toda esta gente, esta multitud vaya y venga...- Mientras hablaba le tomó de las manos para darle tranquilidad. -Bueno... el caso es que debés tener razón... esas muchas horas extras que estoy haciendo, seguro... Me debí quedar por un momento dormido... y soñé. ¿Sabés? En unos segundos viví una eternidad de tiempo...
-¿Y qué soñaste?- preguntó ella algo más calmada.
-Algo muy extraño... Soñé que no quedaba nadie vivo en Buenos Aires, en el mundo. Nadie ni nada ¿Entendés? Ni siquiera vos. Y yo vagaba por las calles vacías... vagaba y vagaba...
-Ése sí que debió ser un sueño horrible.- dijo Mabel.
-No te imaginás cuanto... y no te imaginás que bueno es haber despertado. Esta noche te voy a hacer el amor como nunca, mi amor.- Tadeo le guiñó un ojo.
-¿Seguro? Mirá que de promesas como ésa...
-Te voy a amar como nunca te amé, Mabel. Hasta que llegue el alba, te lo juro. Estoy... estoy tan feliz de tenerte... Ella sonrió y le aparecieron dos deliciosos hoyuelos. Ya tocaba los cuarenta pero... qué linda mujer era. Cuando se arreglaba un poco daba las doce antes de hora. Y era toda suya. En cuerpo y alma.
-A que no te animás a llevarme ahora mismo a un hotel, como cuando éramos novios.- le susurró ella, provocadora.
-¿Que no me animo? Ahora vas a ver... Mozo, la cuenta.- Sin dejar de mirarla embelesado estiró la mano hacia el mozo que pasaba. Mabel sonreía.

Y entonces comenzó a desdibujarse. Se fueron borrando su cabello negro, sus ojos, su nariz, su boca, sus hombros, sus manos. Se fue diluyendo como un fantasma.Tadeo abrió muy grande los ojos. Desorbitados. Quiso gritar y no pudo. Giró la cabeza y miró en derredor. El mozo que acababa de pasar se estaba diluyendo y también los clientes. Se desvanecían como figuras de humo, se desmaterializaban. Dio un salto volcando la silla en que estaba sentado. Salió a la vereda a la corrida.¡Los transeúntes estaban desapareciendo!

Ahora sí gritó y gritó:-¡No se vayan! ¡Esperen! ¡Esperen, por favor!- Aullaba Tadeo. Abría y cerraba los ojos esperando que la multitud volviera a aparecer. Pero al final se cansó de gritar y parpadear. La multitud ya no estaba. La multitud se había ido. Los mozos, los clientes del Tortoni. Mabel...

Se cubrió el rostro con las manos y se puso a sollozar como un chico perdido. Una eternidad después miró en dirección de Plaza de Mayo. Divisó la Pirámide de Mayo, la Casa Rosada escabullida allá atrás. Todo estaba quieto, calmo, tranquilo. Todo rezumaba la silenciosa paz de las tumbas. Bueno, no todo estaba quieto. El invernal viento burlón seguía arrastrando obstinadamente papeles viejos hacia ninguna parte.
Armando Fernández (c) 2008
Ilustraciones de Miguel Castro Rodríguez

2 comentarios:

Cecilia dijo...

¡Qué sorpresa encontrar este blog!
Cuando era chica e iba a la casa de mi abuela, me escondía en el galpón para leer las revistas Intervalo de mi tía. ¡Gracias por tan gloriosos días de historietas!

Armando Fernández dijo...

Muchas gracias Cecilia por tus palabras.
Saludos cordiales,

Armando Fernández
armandohistorietasargentinas@yahoo.com.ar

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